martes, 1 de mayo de 2012

Historia de un microbús Tropezón

Por Noemí Arcos R. (*)


Vista de frente parece un bulldog. Un bulldog de fierro blanco con franjas azules y rojas, con sus pequeñas orejas como espejos retrovisores, su prominente mandíbula, que al abrirla muestra el motor; y en la punta de su nariz la estrella de tres puntas en un círculo de la raza Mercedes Benz.

Este ejemplar, modelo 1113 del año 1982, es de exhibición y está mostrándose ahora en todo su esplendor, cual objeto patrimonial. Un esplendor que hace años recorrió las calles de Santiago con bastante menos garbo y que fue despreciado por los pasajeros que ahora lo admiran, lo fotografían, lo tocan con cariño y cuentan anécdotas románticas de viejos.

Este microbús (o simplemente "micro", como se le denomina en Chile) era parte de la flota Tropezón, uno de los recorridos más extensos y tradicionales de Santiago, uno que murió dos veces.

Marcelo Salvador y Julio Moreira se conocieron hace 26 años arriba de una micro igual a ésta. Era 1985, Marcelo tenía 10 años y Julio llevaba uno trabajando en la línea Tropezón, bautizada así porque cubría un barrio del mismo nombre en la populosa comuna de Quinta Normal.

Julio sacaba la micro todos los días a las 5 de la mañana, desde el terminal de Laguna Carén (20 kms al oeste del centro de Santiago) para cruzar toda la ciudad hasta la zona precordillerana de Lo Barnechea (14 kms al oriente del centro).

Un día Marcelo se subió a la micro en la calle José Joaquín Pérez, en pleno barrio Tropezón. Empezó a conversar con Julio y no se bajó más. Todos los días se acomodaba en el pequeño asiento al lado del chofer y ayudaba a Julio cortando los boletos que se entregaban a los pasajeros cuando pagaban su pasaje. Tres vueltas (ida y regreso) alcanzaban a hacer en el mediodía que trabajaba Julio.

Los 80 fue la década de oro de las micros en Santiago: el Estado dejó de regular los recorridos, las tarifas y la cantidad de máquinas que satisfacían la demanda de una ciudad que extendía cada vez más sus márgenes. Y las calles se llenaron de micros de todos los colores.

Con la vuelta a la democracia el Estado volvió a regular las tarifas, los recorridos y la atomizada propiedad de cientos de microempresarios por medio de la licitación de recorridos. 2.600 buses salieron de circulación, todas las micros se pintaron de amarillo y nunca más un recorrido se llamó Tropezón.








Julio no tuvo más remedio que irse a trabajar en las nuevas máquinas uniformadas de amarillo. La variante 309 Expreso Pudahuel fue el destino, recorrido que replicaba en tramos a su añorada Tropezón. Pero Marcelo nunca más se subió a cortar los boletos.

Las micros amarillas se terminaron de la noche a la mañana. Las autoridades bautizarían al nuevo sistema con un nombre que los santiaguinos más temprano que tarde comenzarían a aborrecer y no olvidarían jamás: Transantiago. El cambio en los recorridos, la necesidad de hacer transbordos y la reducción de la cantidad de micros circulando fue lo más dramático de ese nacimiento. El mismo recorrido que hacía la Tropezón o la 309 ahora se debería hacer tomando dos micros o incluso el metro.

Mientras en Santiago el desastre del transporte arreciaba, en Llay-Llay, 85 kms al norte de la capital, un microbús Mercedes Benz modelo 113 de 1982 recorría las parcelas agrícolas haciendo viajes particulares. Alguien la fotografía y la sube a internet. Marcelo, que coleccionaba fotos de micros antiguas para no olvidar, la vio y la fue a buscar con su amigo Julio. La compró y la trajo a Santiago.

Lo primero que hizo fue bautizarla: la Chepa le puso, porque antes había una micro llamada así en las Tropezón, que era famosa. Uno decía "¿ya pasó la Chepa?". Apostó que gracias al revival de los 80 se le podría sacar partido y no se equivocó: a la Chepa la han arrendado para que aparezca en videoclips, en una serie de Chilevisión y en la película "Miguel San Miguel", sobre Los Prisioneros (el grupo de rock chileno más importante de los 80).

Cuando la trajeron de Llay-Llay era una cacharra. Marcelo la mandó a restaurar, que le volvieran a tapizar los 25 asientos y luego a pintar en un conocido taller que la vistió de Tropezón, con los colores blanco, azul y rojo sobre el amarillo que traía.

En la parte trasera otra tradición: "Mis tres amores" dice una caligrafía rococó. La Chepa está escrito con la misma caligrafía sobre el espejo retrovisor interior, con borde de flecos amarillos, del cual cuelgan un zapatito de bebé blanco y un corazón de felpa rojo. Toda esta escenografía es coronada por un "Dios es mi copiloto".

La Chepa está esperando que la aborden. Hace pequeños recorridos por el sector de Plaza Italia en el Día del Patrimonio Cultural. Y también viajes fuera de Santiago, para sacar a pasear a centros de ancianos, a gente interesada en la nostalgia. Quienes esperan el bus del Transantiago en el paradero ven la reliquia ambulante pasar y sonríen.

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(*) Extracto de "El destino final de un microbús santiaguino", escrito por Noemí Arcos Rodríguez y publicado en: http://cronicasescuelamovil.blogspot.com/2011/10/el-destino-final-de-un-microbus.html

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me gusta mucho su blog damian lezama

Rodrigo bv dijo...

Excelente texto, sumar el fenómeno de "talla" que tomó el recorrido, donde se decía, "te das más vueltas que la nueva tropezón".